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8-5-2004 Poniéndome y quitándome el bañador a cada ruido que oía

Mi primera experiencia nudista contó con ingredientes suficientes como para convertirme en adepto de por vida. Sucedió en Llançà, un pueblecito de la Costa Brava de playas agrestes y bellas. Tenía diecisiete años y una novia mucho más avanzada que yo y que fue además la que en muchos aspectos me hizo perder la inocencia. De entre las diferentes mujeres que me han acompañado en la vida, ella era una de las más guapas, con su pelo rojizo ensortijado, un mohín irresistible en los labios y unos chispeantes ojos verdes. (Si conservase alguna foto os la pasaría para que vierais como la realidad supera mi descripción). Yo la quería mucho y presumía aún más.
Creo que era a finales de junio cuando fuimos a Llançà a hacer camping en la playa. Nos acompañaban dos de sus hermanos y la novia de uno de ellos. Dejando aparte arrumacos y escarceos aquí y allá todo seguía (salvo en la tienda de campaña) el orden natural de las cosas: en la playa castos bikinis y bañadores. Franco moriría algunos meses más tarde, pero en ese momento estábamos aún en pleno franquismo (1975). Cabe decir, sin embargo, que entre toda la gama de bikinis castos, ella había escogido el menos casto de todos.

Un día, estábamos los dos en un playa de pequeños cantos rodados muy frecuentes allí; tomando el sol entre un grupo de rocas que nos ocultaban a la vista. Ella leía boca abajo, como hacía a menudo, se desabrochó el sujetador que le cayó a los lados, sobre la toalla. En ese momento (reconozco ahora lo pesado que era) mis manos se movían más que las de un pianista. Hasta ahí todo normal, pero... de pronto, se dio la vuelta exponiendo al mundo sus admirables pechos juveniles. A mí casi me da un ataque cardíaco: por un lado, el inevitable nerviosismo por la posibilidad de ser descubiertos (en aquel entonces el asunto no era baladí y podías acabar detenido); por otro lado, el enorme placer de compartir la trasgresión de los estrictos corsés morales del poder establecido y sentirme identificado con la rebeldía al uso entre los jóvenes; en tercer lugar (last but no least) un deseo sensual y sexual que bullía como la caldera de una locomotora a vapor. Estaba tan felizmente excitado como un perrito que ha pasado mucho tiempo encerrado y de pronto lo sacan a la calle. Esa excitación tan intensa que apenas se disfruta en el momento.

Ella sin embargo, seguía tranquila (era increíble). Después incorporó el tronco y observó playa. A cierta distancia se veían escasas personas. ¡Se levantó! Tranquilamente se dirigió a la orilla y se metió en el agua sonriéndome. La seguí de inmediato.

Dos días más tarde volvimos al mismo lugar. No había nadie. Se desnudó completamente y se fue al agua. Yo ya vivía sin vivir en mí, la seguí con mi bañador y una vez cubierto por el agua me lo quité. No hace falta que describa los sentimientos que me embargaron cuando nos abrazamos desnudos bajo el sol.

Después, nos estiramos en la arena, ella alegre y graciosa, yo en éxtasis y posiblemente con una permanente sonrisa de tonto en la cara. Ella desnuda. Yo poniéndome y quitándome el bañador a cada ruido que oía. Era divertido.

Después llegó el sábado y el domingo y con ellos mucha gente a la playa y la escena ya no se repitió... y aunque meses más tarde la vida nos separó, me marcó con huella indeleble.

Sirvan estos versos de Serrat como homenaje para aquella muchacha excepcional.

"Dónde quiera que estés,
te gustará saber
que te pude olvidar
y no he querido;
y por fría que fuera
mi noche triste
no eché al fuego
ni uno sólo
de los besos que me diste".

Saludos, amigos nudistas.
Horaci

 

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