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8-10-2003 Un rayo de Sol en La Salvaje

Hacía días que teníamos, los Naturistas, cita el 27 de septiembre: la gran carrera de Sopelana. Amaneció un sábado nublado. Eran las nueve y media de la mañana cuando llegué, con mis amigos, al mirador de "La Salvaje". Era mi segunda vez que disfrutaba de tan bello paisaje:  "la Salvaje, nombre de playa que, mirando hacia el mar, hace honor a su parte derecha: parte rocosa, dientes afilados, aspa roja pintada en la roca quizás por algún independentista vasco reclamando al dios del mar aquello que no escuchan los políticos. Me quedé sola un momento, cerré los ojos, respiré y noté aquella brisa húmeda norteña que nada tiene que ver con la brisa mediterránea que de tanto en tanto activa y rememora mis raíces griegas.
Es una brisa, la norteña, con olor de algas, con tacto de humedad, con color de verdecillo, brisa que habla de Eolo mareado de pasear entre las montañas vasco-cántabras. Sentí que era un día especial, aunque estaba suspendido y pendiente del reloj: a las 10 h empezaban las inscripciones, a las 12 h , la carrera.

Volví en mi, y mi espíritu práctico me dictó que tenía prisa por bajar a la playa y colaborar con mis amigos. Hice una última ojeada: había un toldo blanco en medio de la playa, personitas que se movían y un tractor municipal allanando la arena.

Abajo estaban mis compañeros marcando el circuito, comprobando el ordenador para inscribir, limpiando los lentes de las cámaras fotográficas,… La actividad del momento chocaba con el lento discurrir de las olas. Aquellas olas lejanas de marea baja. A lo lejos: veleros y buques que, ajenos a tan importante evento, dibujaban un mar de libro de texto. Las gaviotas, madrugadores pobladores de la playa, picoteaban la arena mojada. Arena que sería pisada y revuelta por los cansinos pies de los corredores. Todo se estaba preparando. De golpe oí música pop que alegró mi corazón. Un escalofrío recorrió mi  piel.
Todo estaba en su sitio: los nervios del organizador, el fluido eléctrico que se cortaba, la gente que empezaba a preguntar para la inscripción, las vallas metálicas  pendientes de instalar, Nerea queriendo hacer fotos y rotular,… Caos y orden:  ambigüedad que nos acompaña hasta la muerte.

Los corredores, marcados como reses en ordinales, estaban en la salida apunto de arrancar. Unos daban saltitos; otros, de piel blanca, estaban como pasmarotes; los niños se entretejían entre las piernas de los mayores; ojos tensos que habían escaneado el circuito para no perder pasos inútiles en el esfuerzo,…Todos, absolutamente todos, pendientes del pitido para dar la salida.

Chus, con un pito rosa de diseño "todo a 100", dio una frustrada salida. El sonido no llegó a destino. Confusión, dirección de miradas hacia el sitio de organización.

De nuevo Chus, con un suspiro retenido, dio la salida definitiva con el rosáceo instrumento. Los cuerpos desnudos al aire, reflejos de luz solar y sombra de nube,  eran un canto a  la libertad. Libertad que sobrevolaba y se instalaba en la playa de Sopelana. 

Libertad que estaba en cada gesto, en cada esfuerzo de cara, en el último músculo que se activa, no para ganar, sino para sentir que la libertad es valor supremo. Nada ni nadie coaccionará el libre movimiento de sentirse uno con el mar, el cielo, la arena, los compañeros de carrera,…

El respirar se altera, se agota, la idea de abandonar la carrera aflora, pero la perseverancia y el instinto innato de libertad hace que el cuerpo responda y las endorfinas se activen. Algunos abandonaron. Casi todos llegaron. Caras sudadas y rojas, a punto de explosión, pero cruzadas por sonrisas atemporales que marcaban la gratitud del “estar ahí”.

Copas, medallas, aplausos…, a los vencedores. Podium de 1-2-3  recibiendo los más rápidos. Jerarquía en los premios, igualdad en  sentirse libre. Nombres, fotos, reconocimientos y regalos para todos.

La gente se va yendo. Los tejidos envuelven los cuerpos. Cuerpos que todavía gritan este canto de libertad.  Lo externo está tapado, lo interno vuela, rememora… esta brisa sin límites que se ha expresado pisando la arena, oteando el horizonte , y obviando los centenares de ojos presionando el movimiento y la marca de tiempo en la carrera.

La playa yace desierta.  Un tractor recoge los últimos bártulos de los organizadores. Todos nos vamos. Enfilo la cuesta, me giro y veo pocos cuerpos tendidos al sol. La montaña sigue verde.

El mar, testigo fiel de la carrera, brilla, haciéndome guiños sus aguas. Necesito agradecer a lo que estoy viendo. Dar las gracias a los organizadores, los corredores, los amigos, al mar en marea baja, la arena, las gaviotas, lo verde, ...., a la vida que lo comprende todo, y a aquel rayo de luz que rompe la nube vasca para  cruzar el cielo y enterrarse en el agua. No es el “rayo verde”, es un rayo de libertad que cruza Sopelana.

Ona
Sopelana, 27.9.03

 

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