| Mi camino hacia el Nudismo |
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Lo comento porque hoy me ha dado por poner por escrito algunos de mis recuerdos. O de mis "batallitas". No quisiera parecerme al abuelo Cebolleta en lo de pegar la paliza a quienes me lean; aunque nunca se sabe. Bueno, pues si fuera así, trata de disculparme y haz la vista gorda. ¡Ah! Y quisiera dejar muy claro (por si las moscas) que éste ha sido mi itinerario personal. Estoy convencido de que no es el único, ni siquiera el mejor de los posibles. Sencillamente, ha sido el mío, y lo cuento como lo he vivido. Tengo 60 años. Sí, ya sé que todavía soy joven: me lo acaba de decir mi médico [;-P]. Pero cuando era joven de verdad (porque lo fui) en el mundo se estaba cociendo (en España un poco menos) toda aquella movida que cristalizó en lo que algunos llamaron "mayo del 68". Quizá te suene. ¡Fue tan hermoso y tan utópico...! Era el tiempo en que el movimiento hippie emergía con fuerza y con pureza, y nadie podía sospechar que, con el tiempo, pudiera convertirse en una moda más y en un producto de consumo. Era el tiempo de los primeros biquinis, de Mary Quant y su minifalda, de los guateques y del fenómeno Beatles. Era el tiempo de nuestros primeros cantautores; y más de uno tuvo que grabar sus discos (en catalán... y en castellano) fuera de nuestras fronteras. Era el tiempo en que los "Estudio 1" nos llevaban a casa, cada semana, un teatro generalmente de vanguardia y muy bien interpretado; y junto a eso, el tiempo del teatro leído y de algunas compañías experimentales (nacidas casi siempre en entornos universitarios) que investigaron nuevas formas expresivas y se atrevieron a representar a los nuevos autores. Era el tiempo de los cineclubes, y luego, de las primeras "salas de arte y ensayo" que nos permitieron ver (en grupos reducidos y en versión original subtitulada) películas que, si no, nunca hubiéramos conocido. Era el tiempo del op-art y del pop-art...Yo vivía (y sigo viviendo) en una pequeña capital de provincias. No tan provinciana como la retrató Bardem en aquel aguafuerte que tituló "Calle mayor"; pero sí, bastante provinciana. Aun así, al evocar aquella época, me vienen al recuerdo unos cuantos descubrimientos que me marcaron. Uno de ellos fue la revista "Índice de Artes y Letras": "Índice" a secas para los amigos. Cada mes nos traía puntualmente no sólo las últimas y más novedosas líneas de pensamiento, sino también las corrientes culturales y artísticas que pegaban fuerte en aquellos momentos. Por ella tuve noticia de un joven dramaturgo (un tal Fernando Arrabal) que, al frente del "movimiento pánico", escandalizaba París con sus happening; o supe que existía la "música zaj", que nunca llegué a oír ni a contemplar, pero de la que sabía un montón... Otro de mis descubrimientos fue el teatro. A mi ciudad apenas llegaban compañías teatrales: unas cuantas de revista, alguna de zarzuela, una o dos de comedia... y apenas nada más. Nos quedaba el "teatro leído" (además de alguna aventura representada entre los amigos) y eso me abrió el apetito. He perdido la cuenta de las obras de teatro que leí en aquellos años: desde tragedias de Sófocles hasta el teatro más de vanguardia, sin olvidar a nuestros clásicos. Con la ventaja añadida de que, como casi todo solía ser leído, podía imaginarme la iluminación, la escenografía y el vestuario (o el des-vestuario) como me apeteciera en cada caso, sin cortapisas ni censuras, y caracterizar a los personajes a mi gusto. ¡Anda, que no soñé yo en aquellos años! ¿Qué tiene que ver todo esto con el nudismo? Pues me temo que prácticamente nada con el nudismo en general; pero bastante con mi camino hacia él. Ese maremagnum filosófico, cultural, estético y existencial que me rodeaba (y del que yo también formaba parte) nunca me dejó indiferente. Me contagié; y aunque suene pedante, empezó a interesarme (cada vez con más fuerza) la posibilidad de llegar lo más al fondo posible de cuanto se cruzaba en mi camino. Y para eso había que empezar despojándolo, hasta donde fuera posible, de todos los añadidos (el ropaje, el disfraz, el maquillaje...) que ocultaban su verdad última y más íntima: desnudarlo de todo aquello que, inevitablemente, termina convirtiéndose en muralla que nos impide llegar hasta lo más auténtico y verdadero de las personas y las cosas. Evidentemente, lo primero que me encontraba siempre, lo que más cerca tenía y lo que más me interesaba desnudar... era yo mismo. Empecé a prescindir de la ropa en la intimidad de mi habitación. Era parte de la ética y la estética del momento; pero también (y sobre todo) era como la expresión y el compromiso de aquella mi búsqueda existencial de la verdad (mi verdad) última y desnuda, sin que me dolieran prendas. Quizá me he puesto demasiado serio y hasta un poco trascendente. Sé que el nudismo tiene otra faceta mucho más agradable, lúdica y hasta sensual. Yo también disfruté (y sigo disfrutando) con el tibio calor del sol cuando cae sobre mi piel (mucho más agradable en primavera y en otoño que en verano, cuando parece plomo derretido). Y disfruté (y sigo disfrutando) con las múltiples caricias del viento: la suave ternura de la brisa, la fuerza de los vientos recios que me erizan el vello... (Por cierto: no sé por qué, me gusta más el contacto del viento que el del sol, y he comprobado que el primero deja la piel mucho más suave y hasta más curtida que el segundo). Y la maravilla de meterme en el agua y comprobar que el cambio de "medio" me convierte casi en una persona nueva: mi reacción cinética es completamente diferente, y puedo hacer cosas que serían imposibles fuera del agua... Y sobre todo, he disfrutado la sorprendente experiencia de sentirme libre, sin nada que me ate ni me oprima. Al menos en lo más físico y externo; porque sentirme completamente libre, y serlo, es ya otra aventura y otra historia. A veces, en los medios nudistas, denostamos los planteamientos creyentes y, sobre todo, los cristianos. Puedo contar (insisto en que es mi camino personal; el de otros puede ser muy distinto y aun contrario) que la lectura de los místicos cristianos me empujó a avanzar todavía más en mi camino hacia el nudismo. Ellos hablaban (y a veces lo practicaban, incluso en el sentido más literal de la palabra) de presentarse desnudos ante Dios, aceptando su propia realidad tal como es, sin ocultar absolutamente nada al que nos ve y nos conoce como somos, incluso por dentro, y sin ocultárnosla tampoco a nosotros mismos. Tampoco querían defenderse de la acción de Dios; es mucho mejor que la Luz y el calor penetren hasta lo más hondo. (Es curioso que en casi todas las religiones, también en la cristiana, hay una curiosa analogía entre el sol y Dios). No ha sido el único apoyo externo que he ido recibiendo. También me han ayudado (y no poco) una serie de cursos y cursillos en los que he participado. Una veces por cuestiones relacionadas con el trabajo que estaba haciendo, otras por pura afición, picoteé aquí y allá en una serie de campos... digamos que divertidos. La expresión corporal, por ejemplo. Recuerdo un día que (al margen de los vivenciales, la creatividad, el reconocimiento del propio cuerpo, las improvisaciones y todas esas zarandajas) el que dirigía aquel taller nos invitó a hacer una especie de "quema de brujas". Se trataba de arrojar a una hoguera imaginaria (verbalizando lo que hacíamos y por qué lo hacíamos) todas las partes de nuestro cuerpo que nos molestaran o que, simplemente, no nos gustaran. Cuando al fin nos quedamos casi sin cuerpo (todo nos molestaba y nos disgustaba) él sonrió y nos dijo: "Y ahora que no tenéis manos, ni pies, ni estómago, ni barriga... ¿Cómo os vais a mover? ¿Y cómo vais a relacionaros con los demás?¿Cómo os vais a expresar? ¿Y cómo vais a trabajar para que las cosas sean cada día un poco mejores?..." Aquella tarde entendí que aunque no tenga un "cuerpo 10" (incluso aunque ande por el aprobadillo raspado) éste es el único cuerpo que tengo; y, o aprendo a aceptarlo tal como es y a aprovecharlo del mejor modo posible, o me habré vuelto completamente inútil. Pero para vivir en armonía con mi propio cuerpo, y con el de los demás, todavía me ayudaron más algunas experiencias de psicomotricidad. Durante tres veranos consecutivos estuve yendo a Barcelona, durante una semana, para participar en unos cursos que dirigía Marcel Pla. Fueron muchos descubrimientos (y muy intensos) sobre mi propio cuerpo como vehículo de expresión y relación con los demás. Para entenderlos hay que vivirlos, y me siento incapaz de traducirlos a palabras. Pero podría contar algunas anécdotas. Aquella mañana, por ejemplo, que dedicamos a jugar con máscaras y telas, disfrazándonos y aparentando ser lo que no éramos. La terminamos en un foro muy animado sobre "mi máscara y las máscaras de los demás", "yo y mi máscara", "yo y las máscaras de los demás", "yo y los demás, más allá de las máscaras"... En realidad, tomando pie del juego, de lo que estuvimos hablando, sobre todo y casi en exclusiva, fue de nuestra vida "enmascarada". O aquel otro día en que Marcel cortó en seco un ejercicio (no sé lo que habría visto) para apuntar: "Cuando alguien reduce el cuerpo sólo (y subrayó el sólo) a la sexualidad, está recortando enormemente la riqueza y las posibilidades de comunicación que tiene ese cuerpo". El clima de normalidad que conseguimos fue tal, que, aunque los vestuarios estaban separados por sexos (corría la primera mitad de los años 70 y algún año el cursillo fue en la piscina y el polideportivo de los Escolapios de Sarriá) en cuanto llegaba el segundo o tercer día nadie se preocupaba de cerrar las puertas de los vestuarios. Incluso, con cierta frecuencia y con la mayor naturalidad, los vestuarios se convertían en mixtos. Solíamos trabajar descalzos pero no desnudos, aunque sí bastante ligeros de ropa: la primera consigna era eliminar todo lo que pudiera atar, oprimir, encorsetar, dificultar el contacto... Y lo que solía ocurrir es que, al acabar el cursillo, necesitábamos más de una semana (y lo escribo en plural porque nos pasaba a todos) para tolerar el calzado y los vestidos más o menos convencionales. ¿Solución? Usarlos lo menos posible, usar los menos posibles... y cuando fuera estrictamente necesario. Otra experiencia (y será la última por ahora, para no cansar) que me hizo pensar mucho (y que pienso que me enriqueció bastante) fue un curso de dinámica de grupo que se podría titular "grupo de entrenamiento para el trabajo grupal". Me resultó una experiencia bastante dura, pero muy interesante. Consistía en reunirse un grupo de 10 ó 12 personas, que no nos conocíamos previamente, junto con un monitor, durante 5 días, a razón de 3 sesiones diarias de 2 horas cada una. A lo largo del día había otras reuniones en las que nos juntábamos con otros grupos que vivían simultáneamente una experiencia parecida. En esas sesiones conjuntas hacíamos actividades diversas y técnicas de dinámica de grupo, que resultaban entretenidas y muy llevaderas. Pero el plato fuerte, y para lo que habíamos ido, eran esas sesiones de "grupo vacío"; y las llamaban así porque el grupo no era para hacer cosas, ni para discutir temas, sino para expresar lo que estábamos sintiendo y ver a dónde éramos capaces de llegar en nuestras relaciones interpersonales y como grupo. En cuanto alguien proponía alguna "actividad" que pudiera entretenernos o distraernos, el monitor (que ni nos saludaba cuando nos lo cruzábamos por los pasillos, que nunca participaba en nuestros diálogos, que sólo intervenía para desenmascarar las trampas que pudiéramos hacer, aunque fuera inconscientemente... es decir, que nos puteaba y nos despellejaba vivos, sin dejarnos pasar ni una, como buena "autoridad dictatorial", que era el papel que le tocaba jugar) cortaba aquello y nos devolvía a la cruda realidad: "Os recuerdo que el grupo avanzará en la medida en que vosotros lo hagáis avanzar; y lo que hace avanzar al grupo es que expreséis lo que estáis sintiendo aquí y ahora".El primer día fue horrible: silencios interminables, sudores, mucha tensión, dolores de espalda y bastante malestar... Luego fueron apareciendo (el bisturí del animador las diseccionaba de maravilla y las dejaba en carne viva) nuestras ansias de poder, con reacciones incluso violentas y con buenas dosis de mala leche para hacernos con él; nuestra vocación (curioso que la tuvimos todos, cada uno a su manera y usando sus propias artimañas) de convertirnos en salvadores del grupo; nuestros deseos confesados, y algunos otros más o menos inconfesables; y sobre todo, los miedos. Nunca había pensado que tenía (que teníamos) tantos miedos, tan profundos y tan paralizantes. Pasados 2 ó 3 días, en la medida que fuimos capaces de quitarnos las máscaras en ese baile de disfraces que era nuestro grupo (y que es la vida), se despertaron en cada uno de nosotros unos maravillosos sentimientos de aceptación de mí mismo y de los demás, reconociendo los fallos y las limitaciones de cada uno, incluso diciéndonoslos a la cara, pero aceptándonos tal y como éramos. Así surgió la conciencia de que habíamos dejado de ser individuos aislados, más o menos organizados en forma de pirámide, para ser y vivir como grupo. Y a partir de ese momento entramos (como grupo) en una especie de "luna de miel" maravillosa... De verdad: si es maravilloso el bienestar de un cuerpo desnudo, todavía es más maravilloso desnudarse por dentro y llegar a encontrarse con uno mismo y con los demás "a pelo", sin enmascarar la verdad, pero con los sentimientos a flor de piel, en paz y en armonía. ¿O a todo eso habrá que llamarlo "pasteleo"? Porque es verdad que uno de los grupos que vivió la experiencia a la vez que el mío, lo celebró con pasteles. ;) No es extraño que, con toda esa serie de ayudas y empujones, lo que había empezado en la intimidad de mi habitación necesitara salir a campos mucho más abiertos. Empecé buscando sitios apartados y discretos. No; no era por vergüenza, ni por pudor... Quizá, sí, por un poco de inseguridad; pero no tanto porque yo no asumiera mi desnudo en público, cuanto por las repercusiones sociales que eso podía tener. Recuerdo que todo esto ocurría a mediados de los 70, un poco antes de que España entrara en esto que llamamos democracia, cuando el nudismo todavía estaba prohibidísimo. Si escribían algo en tu ficha (y escribían muchas cosas y sobre bastantes temas) luego no había forma de limpiarla. Además, el nudismo lo practicaba yo solo y no tenía nadie que me arropara. Y no deja de ser curioso (y hasta contradictorio) que para estar sin ropa necesitemos alguien (persona o grupo) que "nos arrope". Esa situación de semi-clandestinidad no se prolongó demasiado. Afortunadamente. Y diría que lo que más me ayudó fue encontrarme con gente que se desnudaba y actuaba con toda naturalidad. Coincidió con mi descubrimiento de Menorca, que en aquellos años se convirtió en refugio de la progresía culta y audiovisual de España (y no lo digo por mí, evidentemente). La fama la llevaba Ibiza; pero a mí me ayudó más "la isla blanca y azul" y su flema y su humor ingleses. Porque el turismo (así como muchas de las costumbres y estilos de vida en la isla) era fundamentalmente anglosajón, nada masificado y hasta diría que selecto: no sé si económicamente, pero sí en categoría humana. Ahora, cuando el turismo y las costumbres se han globalizado (y sobre todo latinizado) creo que la calidad de relación y aun de vida se ha empobrecido bastante en "Sa Roqueta". Recuerdo muchas anécdotas simpáticas. Uno de los días había ido a un lugar rocoso y apartado para desnudarme, tomar el sol y darme un baño. De pronto, por una senda que no había visto, apareció un muchacho. Parecía que venía de trabajar en el campo o en la granja de algún lloc cercano. Me saludó al pasar, se desnudó, se metió en el agua, nadó un rato (los menorquines nunca hablan de ir a la playa, ni de bañarse; ellos van "a nadar") salió, esperó un poco hasta que se secó someramente, volvió a vestirse y se marchó por donde había venido. Evidentemente, el traje de baño (que nunca termina de secarse) hubiera sido un serio obstáculo para aquel baño relajador y reconfortante antes de comer.La otra anécdota que voy contar me ocurrió en una playa casi virgen, en la que sólo había una caseta de madera desde la que, a modo de chiringuito, una pareja joven atendía una docena de hamacas (no habría muchas más) esparcidas por la playa y servía algún refresco "del tiempo" (cuando llegue después de comer, hacía horas que se había derretido el poco hielo del caldero en que los guardaban) así como café de puchero. Era media tarde y, acercándose la hora del té, la playa empezaba a quedarse desierta. Mientras su compañero recogía las hamacas, la mujer se quitó el pareo que llevaba y, desnuda, se tumbó sobre la arena a tomar el sol, como si tal cosa. Recuerdo que alguien se acercó a pedir una bebida. Ella se levantó, entró en la caseta, sirvió lo que le habían pedido y volvió a tumbarse en la arena. Lo más divertido de esta anécdota es que, a la entrada de la playa donde ocurría, había un gran cartel, nada artístico pero muy visible: una chapa de hierro de casi un metro de altura, que había estado pintada de blanco pero a la que el óxido había añadido unos añejos tonos ocre. Un texto en letras que fueron negras, escrito en castellano (los habitantes de la isla hablaban en menorquín y la mayor parte de los turistas en inglés; apenas casi nadie usaba el castellano) informaba que el nudismo estaba totalmente prohibido en las playas de la isla y recordaba la obligación de denunciar ante las autoridades a quienes lo practicaran. Escenas como ésa (gente desnuda muy cerca de los carteles que lo prohibían; a veces a menos de 10 metros) las he visto varias veces y en playas diversas. La lástima es que no tengo ninguna fotografía: ni de los carteles (abundaban bastante), ni de la gente desnuda junto a ellos. Y ambas cosas las estuve viendo durante unos cuantos veranos. Pronto descubrí que no necesitaba llevarme a nadie que me sirviera de apoyo, porque el mejor apoyo lo encontraba entre los mismos usuarios de la playa, muchos de ellos nudistas como yo. Sólo tenía un pequeño problema, por el que me temo que hemos pasado casi todos: no me decidía a ser el primero en desnudarme. Por lo general, llegaba a la playa y oteaba lo que había. ¿Qué había alguien sin ropa? Me desnudaba, y tan ricamente. ¿Qué todavía no había nadie desnudo? Esperaba pacientemente (y por lo general vestido: nada de ambigüedades o de medias tintas) a que otra persona se desnudara, y yo le seguía inmediatamente; pero dar yo el primer paso... Hasta que un día me descubrí siendo uno de los que se desnudaban con toda naturalidad y sin mirar si había más gente desnuda o no. Uno de mis primeros recuerdos en ese sentido está vinculado a Cales Coves. Había ido a una gasolinera a llenar el depósito del ciclomotor que usaba para moverme por la isla, cuando se me acercó una chica (también con ciclomotor) preguntando por dónde se iba a Cales Coves. Por entonces, Cales Coves era una especie de paraíso hippie, con un agua de mar muy limpia a la que sólo se podía llegar deslizándose por la roca, unos habitantes muy entrañables que vivían en alguna de las numerosas cuevas funerarias prehistóricas que salpican los lados de la cala, huellas de un pasado también notable en la época de fenicios y romanos, un par de barcas que se dedicaban a la captura de la langosta y de algún otro pescado si se terciaba, un manantial de agua dulce en la misma orilla del mar... y mayoritariamente nudista. Hoy en día se ha deteriorado mucho: el camino está intransitable, la cala suele estar llena de barcos que fondean en ella, el agua está grasienta, sucia y maloliente, hay bastante ruido, los habitantes se han vuelto cada vez más marginales y hace un par de años que el ayuntamiento optó por poner rejas a todas y cada una de las cuevas. No era fácil indicar cómo se llegaba a esa cala... ni a ninguna otra de las más o menos vírgenes. Cuando pregunté por qué no ponían indicadores para poder localizarlas, un menorquín me comentó con guasa (pero creo que también siendo muy consciente de lo que decía) que ellos no los necesitaban, porque ya sabían dónde estaba cada cala y cada playa; y en cuanto a los demás... mejor que no las frecuentáramos para que no se las llenáramos de gente, ni de suciedad. Yo había pensaba ir a otro lugar; pero el que me proponía tampoco estaba mal. Así que cambié de planes sobre la marcha (eso también es típicamente menorquín) y me ofrecí a guiarla. Cuando dejamos los ciclomotores, ella se quedó en biquini, mientras yo seguía con mi camiseta y mi pantalón vaquero. Ya había probado en mis carnes (y más de una vez) la agudeza de las rocas y con qué limpieza cortan la piel y lo que pillan debajo. "Así vas a desentonar", me dijo. Y yo le respondí que no se preocupara: que cuando llegáramos al agua, no desentonaría en absoluto. Y así fue: ella siguió con su biquini (al cabo de media hora o poco más, sin decirle nada, se decidió a quitárselo, y diría que fue su primer baño en libertad) pero yo, aunque no la conocía de nada, desde el primer momento, con toda naturalidad, me desnudé completamente y me sentí la mar de relajado. Creo que las playas mixtas (que allí son prácticamente todas; los menorquines presumen de tener más de 120 lugares, entre calas y playas, aptos para acercarse al mar, y sólo los más urbanizados y masificados se pueden considerar fundamentalmente textiles) es una de las cosas que más me han ayudado a ver el nudismo con toda naturalidad. Cuántas veces, desnudo, he estado hablando amistosa y relajadamente con gente que iba más o menos vestida. Ni nos hemos insultado, ni nos hemos mordido, ni nos hemos considerado sospechosos de nada... Éramos personas hablando, y punto. Lo de que fuéramos rubios, morenos o como una bola de billar, españoles o de otro país, catalanes, valencianos, andaluces, castellanos, gallegos, euskaldunes o isleños, nudistas o textiles... eran anécdotas puramente accidentales. Incluso recuerdo a una familia bastante numerosa, madrileños por su acento, con hijos e hijas jóvenes (pude que alguno hasta estuviera casado) a la que se podría denominar (lo escribo sin ningún matiz peyorativo; tomándolo sólo como un dato sociológico) gente pija, de la que usa ropa de marca, incluidos los bañadores. Yo había preparado barro y me había embadurnado con él. Mientras me secaba un poco antes de entrar al agua para quitármelo, vi que ellos (que estaban muy cerca) me miraban con curiosidad. Sospeché que a lo mejor les apetecía probar. Así que me acerqué, les ofrecí el barro que me había sobrado, les expliqué dónde estaba la tierra más adecuada y cómo se preparaba por si querían hacer más, lo suave y lo limpia de impurezas (que no de un tacto rojizo) que dejaba la piel... y los dejé. Cómo disfrutaron. No se quitaron los trajes de baño (luego, en casa, se verían negros para eliminar las huellas rojas de la tierra) pero se embadurnaron, se fotografiaron, se rieron viéndose tan "raros", se gastaron bromas... Al atardecer, cuando me marchaba, nos despedimos amistosamente y con una franca sonrisa. Ellos seguían con sus trajes de baño; pero creo que habían "normalizado" bastante su percepción del nudismo y de los nudistas. Y puesto que estoy hablando de playas mixtas, diría que la que más suelo frecuentar (una pequeña playa un tanto alejada y bastante discreta, en la que se está muy tranquilo y en la que algo así como la mitad solemos ser nudistas) quizá haya que catalogarla como mixta multiplicada por dos, o elevada al cuadrado. Veréis: hay grupos textiles junto a grupos nudistas; pero también hay (y más de lo que se podría imaginar) grupos mixtos junto a grupos nudistas, textiles y mixtos. A veces es una pareja en la que él prescinde del traje de baño y ella no; Pero también hay otros grupos más numerosos, formados por varias parejas o familias. Por lo que he visto y oído, en bastantes casos se trata de gente que se conocía ya desde sus lugares de origen, pero poco más que de vista. Ya sabéis lo que sucede cuando estamos fuera de casa (y cuanto más lejos, más se nota): ves un coche con la matrícula de tu provincia y casi te derrites: "¡Uno de los míos!" (aunque no lo conozcas de nada). Pues aquí pasa algo parecido: aunque durante el resto del año no se vean, o apenas no se hayan ni saludado, aquí se buscan, se hablan, se invitan... y quedan para pasar un día juntos. Algo muy parecido sucede también con aquellos que, con motivo de sus vacaciones, coincide con otras personas que se alojan en el apartamento vecino: congenian... y también quedan para hacer una excursión en barca o pasar un día juntos.Pues bien, en esas excursiones y encuentros, suelen actuar con bastante normalidad: cada uno se viste o se desviste a su gusto, sin que por eso surjan malos rollos, ni enfrentamientos. Es verdad que, al principio, los nudistas suelen andar un poco indecisos, y les cuesta prescindir de la ropa. Los textiles, por su parte, también se quedan inicialmente perplejos ante la desnudez de sus compañeros. Pero el ambiente mixto hace maravillas... y enseguida se relajan tensiones y conviven todos con la mayor naturalidad. No sé si pasa lo mismo en otros sitios; pero lo que cuento lo he visto en reiteradas ocasiones. Igual es que el mismo hecho de sentirse forastero ayuda a ser más magnánimo, más tolerante y a tener más amplitud de miras. Como no tengo que defender "mi" playa... Y ahondando en ese concepto de las playas mixtas, aún hay otros especimenes (entre los que me incluyo a veces) que resultan de lo más curioso. Llegan a la playa, se desnudan, juegan, se bañan... con toda normalidad. Hasta que de pronto deciden vestirse. Y no lo hacen de cualquier manera, no: se embuten en esos trajes de neopreno que cubren el cuerpo entero. Después de pisar 12 ó 15 veces una colonia de erizos, rozarme con 3 ó 4 medusas y comprobar cómo saben el escozor y la urticaria que producen, herirme con las rocas, sentir el mordisqueo de las quisquillas mientras nadas (¡y cómo muerden las condenadas, aunque sean casi invisibles!) y hasta haber tenido algún comienzo de hipotermia... uno entiende perfectamente que, cuando se quiere practicar el buceo durante un buen rato (y contemplar los fondos marinos lo merece, aunque no se piense ir de pesca) conviene tomar precauciones. ¡Ya se acabará la aventura y podremos recuperar esa desnudez momentáneamente perdida! Ya he comentado que, en más de una ocasión, he probado en mis carnes los desgarrones que llegan a producir las afiladas rocas de la marina. ¡Hasta puntos de sutura me tuvieron que dar una vez en el glúteo!. También he comprobado los efectos del monte bajo, sobre todo cuando está bien azotado, endurecido y afilado por la tramontana: ¡puedes reírte de las cuchillas de afeitar! Y por si no fuera suficiente, estos últimos años me he vuelto fotosensible y me tienen casi frito los rayos ultravioleta. Me lleno de unos medio granos, medio ampollas, que pican como condenados y que producen una desazón enorme. Lo más prudente es que, además de una buena mano de crema con factor de protección muy alto, haya que buscar la sombra, usar sombrero y gafas de sol y cubrirse al menos los hombros y el pecho durante las horas centrales del día (aunque sólo sea con una camiseta y nada de cintura para abajo) para evitar que el sol dé directamente sobre la piel. Todo eso (el traje de neopreno para el buceo, la camiseta para protegerme del sol y el pantalón largo para andar por según qué lugares) junto a algunas otras experiencias, me han hecho entender que el desnudo integral es muy apetecible y saludable, pero que sería un terrible error convertirlo en un absoluto. Lo inteligente es que cada uno, vistas sus circunstancias, vaya viendo lo que le resulta más conveniente. Si cualquier fundamentalista me hace ponerme en guardia y casi echarme a temblar, también los posibles (y en algunos casos rarísimos también reales) fundamentalismos nudistas. Podría poner aquí el punto final, pero hay un aspecto del que todavía no he hablado y pienso que se merece al menos una alusión: el asociacionismo. No he hablado de él porque, durante mucho tiempo, ni siquiera supe que hubiera asociaciones nudistas. Alguna vez, de pasada, oí algo de centros nudistas en Francia; pero como no pensaba visitar a nuestros vecinos (tampoco mi economía me lo hubiera permitido) no le di más vueltas. La primera noticia que tuve de que existían esas asociaciones en España fue ojeando un número de la revista "Todo naturismo" que cayó en mis manos casi por casualidad. En la ciudad donde vivo no hay asociación, y las más cercanas (ENE y ANAR) las tenía, y las tengo, a unos 200 kilómetros cada una. Aun así, tampoco me lo pensé demasiado. Elegí ANAR, quizá por una razón de tan poco peso como que ENE tenía el nombre en euskera, que es un idioma que no hablo ni entiendo, y me asocié en ella. Estuvieron a punto de no admitirme. Habían pasado un bache importante, todavía eran muy pocos y andaban de "refundación". Trataron de desanimarme para que no me sintiera estafado. Pero esa vez (y perdón por el estereotipo) les gané a cabezotas y me admitieron.Desde el principio supe que por una serie de circunstancias (y no es la menor que mis posibles días libres los tengo cambiados respecto a la mayor parte de la gente: los fines de semana y los puentes es cuando suelo estar más ocupado) no podría aportarle mucho a mi asociación, ni tampoco participar en casi ninguna de sus actividades y reuniones. Al menos podría darles el dinero de la cuota, mi apoyo moral y explícito (le doy bastante importancia a lo de explicitar mi apoyo)... y conseguiría que su número de socios aumentara en uno. No era mucho, pero era algo. Y puede parecer una tontería; pero estoy convencido de que, si se duplicase, triplicase... el número de socios, las asociaciones tendrían más peso social y hasta puede que más consideración por parte de los políticos. ¿Qué esperaba sacar yo a cambio? Pues lo más importante: que aunque todo continuara igual, y yo siguiera actuando casi como un francotirador, estaría vinculado a un movimiento con unos objetivos que considero importantes: divulgar y promover el nudismo. Procuro hacer esa promoción a nivel personal; pero también me apetece (y lo veo necesario) que se haga en un plano institucional y asociado. Uf. Me temo que me he enrollado demasiado. Quería contar por qué llegué a ser nudista y por qué lo sigo siendo, y si me descuido, reescribo la historia universal. Además, es muy posible que me haya ido por las ramas y me haya dejado en el tintero lo fundamental. Son mis recuerdos. Me da la impresión de que en ellos van saliendo muchos de los temas que a veces nos preocupan como nudistas y que también suelen crear dudas a quienes intentan iniciarse en este estilo de vida. No quería sentar cátedra, sino contarlos tal y como recuerdo que los he ido viviendo. |
| Fuente: Lugares Naturistas - Autor: Eladio García 21-11-2003 |
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